El joven del espigón.

espigon

Cualquiera que pasease por el espigón podía ver a un joven sentado en él contemplando el romper de las olas contra las rocas que lo conforman.
Lo que nadie puede imaginar, es lo que realmente hace, solo si alguien se fija mucho en él se percatara de que parece mantener una conversación con alguien.
Un día, tras verlo muchos días en el mismo lugar, decidí sentarme cerca de él, lo salude deseándole los buenos días, me devolvió el saludo pero no intento seguir la conversación, como vi que era reacio a hablar, tampoco intente forzar la conversación, me concentre en el suave romper de las olas contra las rocas, en la ligera y agradable brisa, en el murmullo de la espuma de las olas entre las rocas y en el cálido sol, la verdad que fue muy relajante y sigue siéndolo.
Tras varios días siguiendo la misma rutina, me acostumbre a ella, a la tranquilidad, a la compañía del joven, el cual seguía manteniendo conversaciones en susurros, suponía yo, que con alguien imaginario, de vez en cuando me miraba a hurtadillas y seguía a lo suyo, yo seguía sin hablar con él, pensé, si quiere hablar ya lo hará cuando le apetezca.
Todo esto cambio hace unos días, cuando estando relajado cerca del joven, me pareció oír unas voces, mire hacia el joven por si se había dirigido a mí, pero él seguía a lo suyo, mire alrededor pero no había nadie, volví a oír voces, me sobresalte, porque allí no había nadie más que él joven y yo, me levante y me fui.
Al día siguiente regrese, pensando que mi imaginación era la que me había hecho escuchar esas voces. Me senté cerca del joven tras saludarlo, me devolvió el saludo y me dedico una sonrisa, al rato volví a oír voces, y mire al joven y hacia los lados nervioso, él se percató de mi nerviosismo y me hablo:
—Tú también las oyes ¿verdad?
—¿Qué? —le dije entre nervioso y asustado.
—Las voces —me dijo—, tú también las oyes.
—¿Tú las oyes? —le pregunte.
—Si, y aunque creas que estoy loco, también hablo con ellos.
—Pero…¿Qué son esas voces? ¿De quiénes son? —se me agolpaban las preguntas.
—No te preocupes ni tengas miedo —me dijo—. Son las voces de todos aquellos que murieron el mar, solo quieren que los escuches y los recuerdes para no quedar en el olvido.
Ahora quien pasea por el espigón, ve a un joven y a otra persona más mayor que mantienen conversaciones junto al mar.
Que de historias, tragedias y aventuras cuentan las voces.
Si queréis conocerlas, tendréis que venir al espigón a escuchar las voces.

Fin

 

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Un 12 de Octubre.

Un 12 de Octubre.

Habían madrugado pese a ser un día festivo, tras desayunar en abundancia salieron de casa y se dirigieron hacia el centro de la ciudad.
Eran Francisco y su hijo pequeño Miguel, y ese día, 12 de Octubre, se dirigían a ver el desfile de las Fuerzas Armadas.
Francisco iba ilusionado, Miguel le acompañaba por no hacerle un feo a su padre, este conforme caminaban, empezó a contarle anécdotas de cuando hizo el servicio militar, la mili, decía él. Miguel sonreía ligeramente, nunca había oído a su padre hablar tanto, siempre estaba trabajando y llegaba muy cansado a casa, cenaba viendo las noticias y se acostaba pronto, para poder madrugar al día siguiente.
Miguel, pese a sus nueve años, era un niño muy maduro, algo retraído, pero muy observador.
—Papa, ¿Por qué lleva tanta gente banderas de España?
—Pues porque somos españoles y para honrar a los soldados del desfile —le dijo Francisco sonriéndose.
—¿Me compras una bandera de España?
Francisco sonriéndose y sorprendido mira a su alrededor hasta que localiza un bazar chino en la siguiente esquina.
—Vamos al chino y compramos una para cada uno —le dice a su hijo.
Una vez compradas las banderas se dirigen de nuevo hacia el lugar del desfile, se han colocado ambos las banderas como si fueran capas.
Al llegar se encuentran con que ya hay mucha gente, comienzan a buscar un sitio en primera fila para poder ver mejor el desfile, al final localizan un buen lugar junto a un matrimonio de ancianos, él va en silla de ruedas, y ella se apoya en el respaldo.
—¡Buenos días! —dice Francisco—¿Les importa si nos ponemos junto a Ustedes?
Ambos se giran, les miran y sonríen.
—Buenos días, pueden ponerse ahí tranquilamente, a nosotros no nos molestan.
Miguel se coloca delante de su padre y junto al anciano, cogido a la valla metálica, de reojo observa al anciano, es muy viejo, sus ojos miran al vacío, como si estuvieran perdidos en otro tiempo, la ropa le viene un poco grande, lleva una camisa verde que no llega a abrochar hasta el cuello, sobre ella una chaqueta negra, echada por encima de los hombros, sobre la cabeza un gorrillo con una borla roja, es lo que más le llama la atención.
Girándose ligeramente le hace una señal a su padre, y en un susurro le pregunta.
—Papa ¿ese gorro de que es?
Francisco lo mira y le dice.
—Es un gorro de Legionario.
La anciana que ha escuchado lo que se decían, completa la información.
—Se llama Chapiri y es el gorrillo que usa la Legión Española, es que mi marido sirvió doce años en la Legión.
El anciano, al oír nombrar a la Legión parece que ha vuelto a la realidad, se gira hacia Miguel, le mira a los ojos y le sonríe.
Por la megafonía que se ha instalado para el desfile se anuncia que va a comenzar el mismo, primero los medios aéreos.
Miguel mira hacia el cielo cuando oye los reactores de los aviones que se acercan, es la Patrulla Águila, al pasar sobre la avenida donde se realiza el desfile empiezan a echar humo con los colores de la bandera de España, a Miguel se le encoge el corazón al ver una gigantesca bandera sobre el cielo de su ciudad, una bandera roja y gualda, la misma que el lleva a su espalda como si fuera una capa.
A Francisco también se lo encoge el corazón, se siente emocionado, tiene las manos sobre los hombros de su hijo y los presiona ligeramente por la emoción.
Miguel mira al anciano, este observa el paso de los aviones con una ligera sonrisa en sus labios.
Pasan el resto de los aviones y helicópteros, una demostración a pequeña escala de lo que son los medios de que dispone la aviación, la gente aplaude y ondea sus banderas.
Continua el desfile, la megafonía indica que cuerpo va a pasar a continuación, medios mecanizados, Miguel alucina con los blindados, carros de combate, camiones y demás vehículos del ejército, el solo los había visto en películas, pero de cerca impresionan más, sobre todo los carros de combate que hacen temblar el suelo y todo su cuerpo.
Luego vienen los cuerpos de seguridad, la Policía Nacional y la Guardia Civil, la gente los vitorea y les aplaude mientras ondean sus banderas, la Guardia Civil se lleva la palma en cuanto a vivas que reciben, todos desfilan con orgullo, serios, pero satisfechos y agradecidos por la reacción del público hacia ellos.
Y así, uno tras otro, van desfilando un cuerpo tras otro, al compás de las marchas militares que van tocando las bandas de música de cada cuerpo, recibiendo el homenaje del público, los ingenieros, los artilleros, la infantería, los marineros, los esquiadores de los regimientos de montaña, la comandos de operaciones especiales, la unidad militar de emergencias, los paracaidistas, todos reciben los vivas del público, todos se sienten orgullosos de estar ahí, todos se sienten agradecidos de que el pueblo reconozca su trabajo, esa labor que pasa desapercibida para la mayoría de la gente.
Francisco se siente orgulloso y muy emocionado, miles de recuerdos se agolpan en su mente de cuando hizo su servicio militar, de golpe recuerda caras, nombres, lugares, anécdotas, todo se agolpa en su mente y siente la necesidad de contárselo a alguien, decide que esa tarde se conectara a internet, un compañero de trabajo le ha hablado de una web que se llama “amigosdelamili” en la que igual con un poco de suerte puede localizar a algún antiguo compañero, si lo intentara, así pensando presiona de nuevo los hombros de su hijo y este se gira y le mira sonriéndole, ve en sus ojos el brillo de la emoción, esta exultante, nunca ha visto tan feliz a su hijo.
Megafonía anuncia un hueco en el desfile y el siguiente cuerpo en desfilar, el hueco es porque es la Legión y su paso de desfile es mucho más rápido que el del resto de los cuerpos.
Ya se oyen los tambores y cornetas con un ritmo trepidante, Miguel se asoma por encima de la valla para ver más pero aún no se les ve llegar.
—Por favor joven ¿me ayudaría a poner de pie a mi marido? —le dice la anciana a Francisco.
—Por supuesto Señora —le contesta a la vez que con un gesto le indica a Miguel para que le ayude.
Entre ambos lo ponen de pie, la anciana le quita la chaqueta a su marido, a la vista queda una camisa verde, un pepito y dos medallas cuelgan del bolsillo izquierdo de la camisa, el sonido de los tambores y cornetas aumenta a cada segundo, los vítores y aplausos del público arrecian, conforme se aproximan a donde se encuentran ellos, Miguel se percata de que el escuálido anciano se hincha y crece, ya están casi delante de ellos, el anciano se lleva la mano al botón del chapiri en un perfecto saludo legionario, la Legión está pasando por delante, el anciano ahora es grande, esta henchido de orgullo, Miguel lo mira y ve surgir lágrimas de los ojos del anciano, mirando al anciano apenas ha visto pasar a la Legión, ya han pasado, el anciano se empequeñece de nuevo, sus piernas empiezan a temblar, lo ayudan a sentarse en la silla de ruedas, a la vez que la anciana le vuelve a poner la chaqueta.
—¡Gracias hijos! —Les dice el anciano aun con lágrimas en los ojos— Esa era mi bandera.
—De nada, no hay de que —contesta Francisco.
Megafonía anuncia el paso de los Regulares, pasan con su cadencioso paso y su vistoso uniforme con las capas blancas al viento, es espectacular.
Pero Miguel ya no está viendo el desfile, está observando al anciano con discreción y disimulo, él se ha tenido que limpiar las lágrimas, se ha emocionado con el anciano, el desfile toca a su fin.
Los ancianos les dan las gracias y se van, la anciana empujando la silla de ruedas de su marido, despacio para no golpear a nadie, van poco a poco abriéndose paso entre la gente.
—¿Te ha gustado Miguel? —le pregunta Francisco a su hijo.
—Muchísimo papa, sobre todo los tanques, la Legión y los Regulares.
—Si a todo el mundo les gustan esos cuerpos, son los más llamativos, pero todos y cada uno de los que han desfilado son necesarios, se complementan unos a otros para poder hacer cada uno su trabajo y defender el país —le explica Francisco.
Van caminando en dirección a su casa, entre la gente.
—Papa ¿yo puedo ser soldado?
—Claro que si hijo —le dice Francisco.
—¿Siii? Pero no un soldado cualquiera, quiero ser como ese señor, un legionario —dice señalando hacia la esquina más próxima.
Allí se encuentran los ancianos, detenidos a la sombra, descansando la anciana del esfuerzo de empujar la silla de su marido.
—Eso se lo tendrás que preguntar a él —le dice mientras se acercan a los ancianos.
Miguel se para, piensa en lo que le ha dicho su padre, mira al anciano y se dirige hacia él.
—Señor, ¿puedo hacerle una pregunta?
El anciano se gira hacia él, lo mira y le sonríe.
—Por supuesto hijo, dime.
—Yo ¿puedo ser legionario?—pregunta Miguel mirando al anciano a los ojos.
El anciano mira a Miguel de arriba abajo, y luego clava sus ojos en los de él, ve ilusión y determinación, asiente lentamente con la cabeza.
—Si hijo sí, claro que puedes ser legionario si así lo quieres, en la vida como en la Legión, cada uno ha de ser lo que quiera.
—¿De verdad? ¿Siii? —pregunta Miguel todo ilusionado y con los ojos brillantes y muy abiertos.
El anciano lo mira sonriendo y le dice:
—Claro que si, ahora lo que tienes que hacer es estudiar y prepararte para cuando llegue el momento, si tus padres están de acuerdo claro —dice girando la cabeza hacia Francisco.
—Por supuesto, si es lo que quiere, es lo que será —afirma Francisco.
—Lo será —dice el anciano dirigiéndose a Francisco— su hijo lleva a la Legión en el alma, ya es un poco legionario.
El anciano se gira de nuevo hacia Miguel.
—Gracias hijo, hoy me he llevado dos alegrías, ver a mi bandera desfilando y conocer a un futuro legionario —le dice dirigiendo la mano hacia el chapiri y realizando un perfecto saludo legionario.
Miguel se endereza y lleva su mano a la cabeza intentando imitar el saludo del anciano.
—No hijo, con la cabeza descubierta no se saluda así, espera ponte el chapiri —le dice quitándoselo él y ofreciéndoselo a Miguel.
Este lo coge, no se atreve a ponérselo, mira a su padre, a la anciana y finalmente al anciano que le asienten con la cabeza, y se lo pone.
—Ahora si puedes saludar —le dice el anciano.
Miguel saluda imitando el saludo que le ha hecho antes el anciano, no le sale perfecto, pero tiene madera.
Tras devolver el chapiri al anciano se despiden unos y otros y se dirigen hacia sus respectivos hogares.
Dos meses después un domingo Francisco y Miguel regresan a casa después de haber visitado el Museo del Ejército, la casualidad ha hecho que regresen caminando por el mismo camino que tras el día del desfile, al llegar a una esquina se les acerca una anciana.
—¡Hola buenos días!¿No sé si me recuerdan?
—Hola buenos días —contestan ambos a la vez—, claro que la recordamos ¿Cómo se encuentra su marido?
—Falleció hace un mes.
—¡No me diga! Lo sentimos mucho, le acompañamos en el sentimiento —dice Francisco.
Miguel mira a la anciana con lágrimas en los ojos, aún recuerda al anciano sentado en la silla de ruedas con el que mantuvo la conversación sobre ser legionario.
La anciana lo mira y le acaricia la cabeza.
—Quería hablar con su hijo y darle un regalo de parte de mi marido —dice la anciana dirigiéndose a Francisco— llevo varios días viniendo a ver si los encontraba.
—Por supuesto Señora, claro que puede hablar con él.
La anciana mira a Miguel, y se pone a rebuscar en el bolso que lleva, extrae un paquete y se lo entrega.
—Toma hijo, mi marido me pidió que te lo entregara cuando el muriera, también me dijo que te recordara lo que hablaste con él ¿lo recuerdas?
—Si Señora claro que lo recuerdo, gracias —dice mirando el paquete y sin atreverse a abrirlo.
—Durante su último mes de vida, todos los días me hablaba de ti, desde el día del desfile, siempre me decía “A que ese chico tiene madera de legionario”, “viste como le brillaban los ojos, ese chaval será legionario”, así todos los días, gracias por haberlo hecho feliz.
—Gracias Señora.
—Pero abre el paquete, es para ti —le dice la anciana.
Miguel mira a su padre y este asiente, lentamente abre el paquete y abre los ojos desmesuradamente.
—¡¡¡¡Es el chapiri!!!! —dice lleno de alegría.
A Miguel le saltan las lágrimas de alegría, y con la espontaneidad de los niños, abraza a la anciana.
—Recuerda a mi marido y que un legionario lo es hasta la muerte —le susurra al oído mientras lo abraza.

Fin

Conversación con mi canario.

poldo

—Buenos días Plumas, ¿ya has almorzado?
Silencio.
—¿Qué pasa, ya estas enfadado?
Silencio.
—Joder macho, sí que estas espesito hoy.
Silencio.
—¡¡¡Eeehhh!!! No me des la espalda —le digo mientras me acerco a la jaula.
—¡¡¡¡Miiiic!!!! — me dice Plumas todo enojado saltando de un palo de la jaula al otro para alejarse de mí.
—Que no te voy a hacer nada, solo te estaba saludando —le digo mientras me dirijo hacia la radio para ponerla en marcha.
Empieza a sonar la música en la radio de una emisora de música cañera.
—Psi, psi, psi —dice Plumas.
—¿Era eso? ¿Qué no había música?
—Psi, psi.
—Desde luego macho, eres un egoísta.
—Psi, psi, psi.
Me giro hacia la bancada de la cocina y cojo el pan para prepararme un pequeño bocadillo de mortadela de aceitunas, corto el pan.
—¡¡Psiiiii!! —dice Plumas reclamando mi atención.
—¿Qué pasa, que quieres pan?
—Psi, psi.
—¿Ves cómo eres un egoísta? Solo me quieres para que te de cosas, si cojo pan, quieres pan, si me pongo a preparar la comida y ves zanahoria, lechuga o brócoli, me pides para que te ponga, y te lo pongo, te limpio la jaula, te la desinfecto, te pongo alpiste en el comedero, te pongo agua en el bebedero, te pongo una piscina para que te bañes, y u solo me das tu canto de vez en cuando.
—Psi, psi.
—Si ya se, estas encerrado en una jaula, pero ahí no te tienes que buscar la vida como yo.
—Psi, psi.
—Yo me tengo que buscar la vida para mantenerte a ti y a mí, tengo que trabajar a cambio de un sueldo, a veces más de diez horas, sin que el jefe te agradezca lo más mínimo los esfuerzos que hago por la empresa.
—Psi, psi.
—Si, igual tienes razón y el egoísta soy yo, pero yo solo te pido tu compañía y que cantes de vez en cuando, además cuando cantas siempre te digo:
—¡¡Huy que contento estas hoy Plumas!! Es mi forma de agradecerte que cantes.
—Psi.
—Bueno me voy Plumas, tengo que ir a trabajar, hasta luego.
En cuanto salgo de la cocina y cierro la puerta, Plumas se pone a cantar haciendo gorgoritos y demás sonidos de su bello canto, mientras yo escucho feliz tras la puerta.

Fin.

Un recuerdo de verano.

NIÑOSTIRANDOPIEDRAS

Ese día corrimos como locos, como si nos fuera la vida en ello, asustados pero riéndonos, con esa inocencia de los niños que éramos, sin darnos cuenta del riesgo de nuestras acciones.

Fue en 1975, en las vacaciones de verano, mis padres, como todos los años, nos habían llevado a mi hermano y a mí al pueblo, nos habían dejado a cargo de mis abuelos y habían regresado a la ciudad. Por aquel entonces aun no había televisión en todas las casas y nos pasábamos el día jugando en la calle.
Éramos un grupo de seis o siete amigos, nuestras edades oscilaban entre los diez años del más joven, mi hermano, y los doce del mas mayor, yo tenía once, todos vivíamos en la parte baja del pueblo, y como a todos los niños nos gustaba jugar, correr aventuras, explorar, conocíamos todos los rincones del pueblo, sabíamos dónde conseguir fruta y agua en cualquier momento, nuestros sitios favoritos para jugar eran donde había agua, ya fueran fuentes o los riachuelos de los barrancos que había a ambos lados del pueblo.
No recuerdo porque ese día decidimos ir al barranco más grande, era al que menos solíamos ir, ya que quedaba muy próximo al pueblo vecino, y los niños de allí nos solían tirar piedras cuando nos veían por allí, siempre eran más que nosotros, y normalmente más mayores, algunos de nosotros tenia cicatrices en la cabeza de alguna pedrada bien dirigida, el caso es que fuimos, en ese barranco habían varios nacimientos de agua y nos dirigimos a uno que estaba en una pendiente y más alto que los demás, lo primero fue construir una pequeña represa para tener agua a nuestra disposición, dejándole un pequeño sumidero en el borde, lo hicimos con un trozo de caña, ya teníamos una pequeña fuente a nuestra disposición, luego unos nos entretuvimos tirando piedras al riachuelo, otros haciendo presas por debajo de la primera, vamos en continuo contacto con el agua, tan enjugasados estábamos que no nos dimos cuenta de la llegada de los chavales del otro pueblo hasta que nos increparon, empezaron a insultarnos, a amenazarnos y nos lanzaron un par de piedras que se quedaron cortas, eran unos doce, y de mayor edad que nosotros, yo conocía a uno que tenía diecisiete años, era el cabecilla del grupo, era vecino de un tío mío que vivía en el otro pueblo, me tenía mucha manía, siguieron con los insultos, cuando se agacharon todos a coger piedras, hicimos lo mismo, nos las lanzaron y se volvieron a quedar cortos, entonces las lanzamos nosotros y salimos a correr, se escuchó un “toc” y un quejido, pero no miramos, corrimos como locos cuesta arriba, empezaron a seguirnos y a insultarnos mientras corrían tras nosotros, cada vez que sacábamos algo de ventaja aprovechábamos para coger piedras, y seguíamos corriendo, en cuanto llegábamos a una cuesta más empinada nos girábamos y las lanzábamos, alguna debía hacer impacto, pues se oían quejidos, y así seguimos hasta que llegamos a las inmediaciones del pueblo, no recuerdo a quien se le ocurrió la idea, pero decidimos cambiar de camino y nos metimos en un maizal, todos llevábamos cuatro o cinco piedras en las manos, nos paramos a recuperar el resuello en silencio, escuchando por si llegaban nuestros perseguidores, fuera de la vista del camino y seguros de la proximidad del otro camino que nos llevaba directos a casa de uno de nosotros, en cuanto escuchamos las voces de los que nos seguían, lanzamos las piedras en rápida sucesión hacia el camino, y esta vez si se escucharon varios “tocs” y varios quejidos, y salimos a correr en dirección a la casa de nuestro amigo, entramos corriendo, sudorosos, riéndonos.
—¿Ya estás aquí? —dijo la madre de nuestro amigo.
—Si, ¿nos das de merendar? —pregunto nuestro amigo.
Ese día, merendamos todos pan con chocolate en casa de mi amigo.
Se podía ser más feliz, pan con chocolate, y varios de nuestros perseguidores escalabrados.

Fin

Mi mili en la Legión. (Empecé a escribir por este relato de mi mili)

 

parche legion

Mi mili en la Legión

No recuerdo bien todos los detalles de como comenzó esta historia, ni las fechas exactas, pero creo que todos comenzamos igual.
Recibí una carta en casa de mis padres para presentarme en la caja de reclutas, creo que entonces nos tallaron e hicieron una pequeña revisión medica, y nos preguntaron si teníamos algo que alegar, la gente alegaba de todo para librarse, desde la vista, problemas de sordera y muchos pies planos, pero pocos se libraban, en fin es lo que había.
Para mí la mili realmente empezó el día del sorteo, en el edificio en el que vivían mis padres, dé 46 viviendas de 54 m2, en un barrio obrero de Valencia, casi todos los chavales éramos de la misma quinta (se ve que por aquella época, 1963, habían pocos televisores y se entretenían todos fabricando españolitos), y al día siguiente del sorteo se armó un gran revuelo en el edificio, había salido publicado en el periódico el resultado del sorteo, y empezábamos a conocer nuestros destinos, fue impresionante, unas vecinas lloraban a sus hijos les había tocado lejos de casa La Coruña, El Ferrol, Sevilla etc., otras respiraban aliviadas a sus hijos les había tocado cerca en el mismo Valencia, Alicante etc., otras muy chulas, se vanagloriaban de que tenían un familiar en Capitanía e iba a reclamar a su hijo y la haría en casa, yo deseaba que me tocara lejos, así por lo menos vería algo de España, pues bien cuando mire en el periódico el corazón me dio un vuelco, Melilla, mi madre se puso a llorar, haciendo coro a otras vecinas, mi padre agacho la cabeza apesadumbrado maldiciendo mi suerte, y yo más contento que unas pascuas, allí, en Melilla estaba mi idolatrada Legión, desde que la vi desfilar la primera vez me enamore, yo sería legionario.
Entonces creo que fue cuando me hicieron presentarme otra vez para recoger el petate y supongo me dieron algún documento con el destino o billetes para ir hasta allí. Tenía que ir a Campo Soto en Cádiz.
El día de presentarme en la estación del Norte de Valencia, yo era un manojo de nervios, estaba entre eufórico y asustado, no se explicarlo bien, mi casa en cambio parecía un funeral, mi madre me había comprado calzoncillos y camisetas nuevas, para vestir a media compañía, y cuando le dije que no necesitaba tanto se puso a llorar otra vez, cuando cogí el petate para ir a la estación pesaba una barbaridad, y es que la buena señora me había puesto un montón de latas de atún, sardinas, caballa etc., “es para que no pases hambre” me dijo, en fin amor de madre, ni que decir que deje más de la mitad, y para la estación que nos fuimos toda la familia mis padres, mi hermano y mi hermana, cuando llegamos habían bastantes chavales con sus petates y sus familias, me quede parado mirando entre apenado, por la familia que dejas, asustado, por lo que no sabes que te va a pasar y eufórico por que comenzaba una aventura, mi padre no paraba de darme consejos igual que mi hermano, pero yo no escuchaba, estaba mirando hacia cuál de los chavales dirigirme, y me decidí por el que más cerca estaba del andén, me lance y le solté de sopetón:
“¡Hola! ¿vas a Campo Soto?,
Me miro ligeramente asustado y me dijo
“Si ¿y tú?,
Le conteste que sí y nos presentamos, al poco otros chavales empezaron a acercarse y formamos un corrillo de unos 10 que empezamos a hablar y a conocernos, nos quedaban muchas horas juntos hasta Campo Soto, y si fueron muchas horas en uno de aquellos trenes que paraban en todas las estaciones y apeaderos, con muchos de esos vagones llenos de compartimentos y un largo pasillo, en cuanto subimos nos apropiamos de uno de esos compartimentos donde pasamos todo el viaje, fumando, hablando, riendo y comiendo de lo que nos habían metido nuestras madres en los petates, había quien llevaba hasta chorizo y salchichón, nos hinchamos a comer, y así fue el viaje donde unos más asustados que otros, y otros más eufóricos empezamos un principio de camaradería que nos acompañaría parte de nuestra mili. De la llegada a Campo Soto no recuerdo mucho, solo sé que llegamos a la estación, no sé si en Cádiz, o en otra población y nos recogieron unos camiones que nos llevaron a Campo Soto, allí nos formaron y nos hicieron pasar a una sala llena de mesas y nos registraron los petates por si llevábamos drogas dijeron, y ahí empezó el mangoneo, que si a ti te quito unas latas de atún, que a ti te las quito de sardinas, al otro el cartón de tabaco etc., vamos que algunos se iban a poner las botas a costa de los reclutas, luego nos llevaron a cenar y nos asignaron los dormitorios, eran literas de 3 alturas, y debimos ser los últimos de ese día en llegar por que a todos nos tocó escalar para poder dormir, al día siguiente nos despertaron con el toque de diana y a patadas en las literas para que nos vistiéramos y saliéramos a formar, de allí a desayunar y luego nos llevaron a un salón para que nos dieran una charla, sorpresa, cuando entre y vi de que se trataba mi corazón se disparó, eran legionarios, con su uniforme verde y su chapiri.

Yo estaba que la ropa no me tocaba la piel, eufórico, creo que esa palabra se queda corta, nos pusieron un documental sobre la Legión y luego un oficial nos dio una charla, nos explicó que estaban de captación, las ventajas de la Legión etc. etc. y por fin dijo si alguno de nosotros se quería alistar, aún no había terminado la frase y yo ya había saltado como si tuviera un muelle en el culo y me había puesto de pie, primero me miro serio porque le había interrumpido la frase, y luego se sonrió mirándome y dijo :
“Aquí tenemos al primer valiente ¿alguno más?”,
Pues si de los 10 qué íbamos en el compartimento del tren nos alistamos 8, sé que los arrastre a alistarse, solo espero que ninguno de ellos se haya arrepentido de seguirme en aquel momento. Una vez alistados nos hicieron recoger nuestros petates y nos llevaron a un barracón pintado de verde donde pasamos una semana sin hacer nada hasta que terminaron con las captaciones, luego nos llevaron a Ronda, y de allí a Montejaque, donde nos asignaron a la 2ª cia, al día siguiente nos dieron la ropa, yo estaba más que orgulloso ya iba vestido de verde, luego llegaron las vacunas con los consabidos desmayos, y empezamos con la instrucción y las clases teóricas, orden cerrado sobre todo, fuimos los últimos en llegar y el tiempo apremiaba, también llegaron los primeros servicios de imaginaria y cuartelero, los primeros castigos y arrestos, y desfilar y desfilar, preparando la jura de bandera, a las otras compañías cuando las castigaban por que no salía bien algo les hacían subir la cuesta del tanque (una cuesta muy pronunciada el cual en lo alto había un tanque de la guerra civil) a paso ligero, a nosotros nos la hacían subir desfilando a paso legionario, era durísimo, en los ratos libres nos íbamos a comernos buenos bocatas a la Indiana, que buenos los hacían, a mí me encantaba el de tortilla de queso con tomate, joder, estoy babeando solo de pensarlo. Y aparecieron nuevas amistades en nuestro grupo y otros se separaron, y por fin llego la jura de bandera un día de alegría pues por fin seriamos legionarios de verdad, yo estaba contento por esto, pero triste porque mi familia no podía venir a verme, me sentía nostálgico de ver a mis compañeros con sus familias y yo sin tener a nadie, me junte con otro que estaba como yo y cuando nos disponíamos a salir hacia la Indiana el padre de un compañero le pregunto y le dijo que nuestras familias no habían podido venir, y el hombre todo chulo nos dijo “vuestra familia no ha podido venir pero la mía si, y hoy vosotros sois de mi familia, ¡qué coño! y ahora nos vamos a comer Ronda toda la familia”, se me saltan las lágrimas al recordarlo, pase un día bestial, os juro que ese hombre para mi ese día se ganó el cielo, en España hay muy buena gente.
Por fin era legionario, había cumplido mi deseo, ahora faltaba cumplir con mi país como legionario.
No recuerdo como nos llevaron a Málaga a coger el barco para ir a Melilla, supongo que nos llevaron en camiones, yo solo había subido una vez en barco y me maree, así que tenía miedo de marearme por lo que opte por dormirme en cuanto subí al barco para no enterarme del viaje, y funciono, cuando llegamos nos estaban esperando con camiones, nos formaron y pasaron lista, nos dijeron descanso hasta que terminaron de organizar, y yo mientras pensaba “ya estoy en Melilla, estoy en África, siguiendo la tradición familiar, mi bisabuelo, sirvió en Filipinas, mi abuelo en Sidi Ifni, uno de mis tíos en el Aaiún, mi padre no la hizo por hijo de viuda, y yo en Melilla. Nos hicieron subir a los camiones y nos subieron hasta el cuartel de la Legión, Tercio Gran Capitán 1º de La Legión, una vez allí nos llevaron a la unidad de destinos donde nos alojaron hasta que nos asignaran bandera y compañía, y a los 2 ó 3 días empezó la mili de verdad, me asignaron a la 2ª Bandera, a la 8ª cia como conductor aunque nunca ejercí como tal, las amistades que había hecho en el tren y en Montejaque quedaban atrás, la mayoría en la unidad de destinos donde se quedaban los que eran albañiles, pintores, electricistas, carpinteros etc., a mi junto a 11 compañeros más nos mandaron a la 8ª cia, no conocía a ninguno así que comenzaron nuevas amistades, una vez en la compañía nos asignaron literas y taquillas, y al día siguiente a hacer instrucción, orden de combate por la mañana, orden cerrado y teórica por la tarde.

Pronto llegaron los primeros servicios imaginarias, cuartelero, cocinas, guardias, que habían un puñao, guardia de prevención, guardia de Trara, guardia de Rio Nano, refuerzos igual o reten, cada 7 ó 8 días entrabamos de servicio, hice guardia hasta en prisión militar hacia el final de la mili en concreto las dos últimas semanas.
Apartir de aquí los recuerdos se agolpan y no sé si el orden cronológico es así, pero en fin es lo que hice y sentí en un orden u otro. Lo primero que me viene a la memoria son los sábados legionarios donde formábamos en la explanada de Cabrerizas Altas delante del Fuerte a rendir Honores a los caídos por la Patria y luego desfilábamos por delante del mesón y la Tribuna de autoridades, recuerdo que durante el Festival de cine de Melilla hicimos uno y estaba de invitado Chanquete (Antonio Ferrandis) y se emocionó cuando cantamos las dos Banderas juntas El Novio de la Muerte, la verdad es que mil y pico tíos cantándola impresiona, mirabas y lo veías limpiarse las lágrimas, si no habéis visto ningún sábado legionario os recomiendo que cuando tengáis ocasión lo veáis, seguro que luego decís he vivido un sábado legionario, no visto.
También recuerdo los desplazamientos fuera del cuartel, 1 mes en el fuerte de Rostrogordo, 2 maniobras en Almería, una marcha a la serranía de Ronda en tres etapas andando desde Málaga.
La estancia de Rostrogordo fue la primera salida que hice del cuartel estuve de mesonero, o sea en la cantina, mientras los demás hacían patrullas e instrucción como locos. Lo siguiente que me correspondió fue el mes de permiso, en septiembre, eso lo recuerdo bien porque me perdía la fiesta de la Legión del 20 de septiembre, pero coincidía con las fiestas del pueblo de mi madre, en casa no dije nada del permiso y me presente de sopetón una noche a las 3 de la mañana cuando llegue a Valencia, no tenía llaves de casa y claro tuve que llamar al timbre del portal, y a la tercera llamada contesto mi padre:
“¿Quién?”
Y le dije:
“Tu hijo Pascual”,
Que locura yo subiendo por la escalera y mi madre bajando las escaleras en camisón, mi padre en la puerta de casa en calzoncillos, y mis hermanos con cara de sonámbulos, fue una pasada mi madre no hacía más que estrujarme besarme y llorar, luego me dijo mi padre que cuando me abrió le pregunto mi madre que quien era y él le dijo tu hijo, y ella le dijo, si está durmiendo, y él le contesto ¿es que solo tienes uno? entonces dijo que salto de la cama y batió el record de velocidad de las olimpiadas porque yo me la encontré a mitad de escalera y vivíamos en un primero. Durante el permiso me fui al pueblo con la familia, donde nos reuníamos toda la familia para las fiestas, todos en casa de mi abuela, yo deseaba que llegara el día de la procesión para ponerme mi traje de legionario, pues allí es tradición que los chavales que están haciendo la mili bajen por la mañana al Cristo de la ermita hasta la iglesia y por la noche lo suban de la iglesia hasta la ermita, no iba yo orgulloso ni na hacia la ermita y todos mirándome porque vestía diferente a los demás, y los críos les preguntaban a sus padres “¿de qué va vestido? De legionario” contestaban y yo para la ermita todo orgulloso a bajar el Cristo, cuando me vio mi abuela llevando el Cristo se puso a llorar de alegría y me hizo llorar de emoción.
Cuando regrese del permiso y me incorpore a la compañía al poco nos fuimos de maniobras a Almería, fueron unas maniobras de compañía con mucho barrigazo y mucha instrucción de combate, también muchas caminatas , incluso un par de noches estuvimos ejercitándonos con visores infrarrojos.
Las siguientes, también en Almería fueron más cortas y según nos dijeron eran internacionales y habían soldados de otros países, de ellas recuerdo que teníamos que recuperar un territorio que nos habían ocupado y nosotros éramos la punta de lanza del ataque, en mi vida había visto tanto vehículo militar y tanto armamento, de todo.
Del cuartel recuerdo los días que íbamos al tiro, eran una pasada, que pepinazos metía el cetme, aún recuerdo su número de serie 155.379, también tire con el subfusil y con la pistola, granadas fucsa con el cetme, granadas de mano y con el lanzagranadas, el jodio te dejaba un pitido en el oído después de disparar que te duraba casi todo el día, que recuerdos. También recuerdo que hicimos rapel en el foso del fuerte de Cabrerizas Altas, saltar de los camiones en marcha en la explanada de Rostrogordo que talegazos nos dábamos, no sé cómo alguno no se rompió una pierna o un brazo, también las sesiones de lavar la ropa en los lavaderos con jabón lagarto y aprovechar mientras se secaba para escribir cartas a la familia, y alguna que otra a algún compañero que no sabía escribir, que también los había. También recuerdo el día que me felicito el Capitán en Rostrogordo, hicimos pozos individuales de tirador, y luego nos pusieron a 200 metros y teníamos que localizar todos los que pudiéramos, se localizaron todos menos el que yo había hecho, hasta a mí me costaba verlo.
Pero el mejor recuerdo es la marcha de Málaga a la serranía de Ronda y vuelta, tres días andando para ir y tres para volver, más los días que estuvimos ejercitándonos en la serranía, el reemplazo anterior al mío estaba a punto de licenciarse, en cuanto regresáramos de la marcha, y el mío era el siguiente, mi pelotón éramos los 8 de reemplazo, los cabos eran voluntarios, y éramos de tres reemplazos del 2º, del 3º y del 4º, en concreto mi escuadra del 2º y del 3º, dos legionarios de cada reemplazo, con esto quiero decir que éramos los más veteranos de la compañía y aparte de los que mejor se nos daba el orden de combate, nos felicitó el Capitán por un ejercicio que hicimos de asalto a una posición de tirador, la posición del tirador enemigo era una diana, la escuadra tenía que avanzar en asaltos de dos en dos, dos disparaban a la diana mientras los otros dos corrían unos diez metros se dejaban caer cuerpo a tierra y comenzaban a disparar para que corrieran los otros dos otros diez metros, y así hasta llegar al asalto final a bayoneta, todo esto bajo el fuego real de una ametralladora que no debía hacer diana, nuestro cabo estaba rebajado por una caída del día antes en que se hizo un esguince, así que hicimos el ejercicio sin cabo que mandara la escuadra, al terminar cada escuadra retiraba la diana y la llevaba hasta donde estaba el Capitán y demás oficiales y contaban los impactos y valoraban la sincronización de la escuadra, pues bien al final nos felicitó a nosotros, dijo que la única escuadra que había estado sincronizada y había hecho más impactos en la diana era la única escuadra que no tenía cabo, y el teniente Toledo, teniente de mi sección, dijo que era porque éramos los más veteranos, a lo que el Capitán le pregunto “¿entonces tenemos que cambiar los cabos por veteranos? por dios Toledo, los cabos son voluntarios y llevan más mili que estos, que son de reemplazo”, fue una pasada, eso delante de toda la compañía y entonces fue cuando nos felicitó.
De esta marcha también nos tocó sacar al camión de la compañía de la vaguada donde había estado aparcado durante todos los días de los ejercicios, durante el día anterior se recogió todo el material que no era indispensable para pasar la noche y se cargó en el camión, un viejo REO, que había vivido mejores momentos en el Sahara, tuvimos la desgracia de que por la noche llovió y el peso del camión hizo que se hundiera en la tierra que era arcillosa, por la mañana tras desayunar después de ponernos el ultimo equipo que nos quedaba limpio para el regreso, y empezar a recoger las tiendas y demás, ordenaron al conductor que sacara el camión y enganchara la cocina de campaña y fuera haciendo camino hasta la siguiente parada, sorpresa, el REO patinaba y cada vez las ruedas se hundían mas, nos hicieron cortar ramas de arbustos ponerlas bajo las ruedas y trazar un camino con ramas hasta el camino que estaba a unos 200 metros cuesta arriba, tras esto se intentó sacar REO pero no salía y entonces dijeron todos a empujar y empezamos a empujar hasta que el pobre REO engancho en las ramas y poco a poco salió hasta el camino mientras lo empujábamos, cuando nos miramos unos a otros empezamos a carcajadas, apenas se nos distinguían los ojos todos éramos de un color marrón rojizo por delante y verdes por detrás, este es para mí el mejor recuerdo.
Otro buen recuerdo es cuando nos hicieron entrega en Melilla de la nueva bandera, ya que aun teníamos la del águila, fue una pasada y luego el posterior desfile de las tres banderas de la Legión por las calles de Melilla, fue impresionante.
El resto de la mili ya fue en el cuartel a la espera de ser licenciado, haciendo guardias, y un día me llaman a lo oficina y me dicen que mi servicio a terminado y que tengo que entregar la mochila la ropa etc., el Capitán me dice que si quiero reenganchar que hacen falta legionarios como yo y que si lo hago me enviara enseguida al curso de cabo, le digo que muy agradecido pero no, y me dice que suerte en la vida de ahí fuera, y así termino mi mili. Aunque he de reconocer que falto muy poco para que reenganchara.
Antes de acabar quiero nombrar a mis compañeros de escuadra, pues sin ellos la mili hubiera sido otra, eran Cecilio de Granada, el Guaje y Oyeta de un pueblo de Navarra. También un recuerdo para todos aquellos que en un momento u otro formaron parte de esta época de mi vida
La mili cambio mi vida y mis valores y más hacerla en el cuerpo en el que la hice, La Legión, para un legionario, el Tercio, con sus propios valores de compañerismo, amistad y camaradería, a todo el mundo nos pone en la cartilla militar en un apartado VALOR: se le supone, para mí todo el que sirve a su patria lo hace con valor, yo no se lo supongo, si no que se lo acredito.
Esta fue mi mili, la de que me siento muy orgulloso, y de la que guardo más recuerdos de los que pensaba.
No me importaría volver a hacerla, es más lo consideraría un honor.

 

Fin

La venganza de Gaia.

La venganza de Gaia.

En el infinito del universo Gaia tomo conciencia de su existencia, pensó que necesitaba un cuerpo como los otros que pululaban por el espacio, y empezó a atraer hacia ella restos y partículas que vagaban por el infinito, no aspiraba a un gran cuerpo gigantesco, ni siquiera a uno de esos tan brillantes que irradiaban luz y calor, quería un cuerpo sencillo donde pudiera llevar a cabo sus ideas, decidió crearlo cerca de uno de esos cuerpos brillantes para aprovechar esa luz y calor que irradiaban, pero no demasiado cerca, pues alcanzaban temperaturas que no eran aptas para todas aquellas ideas que tenía.
Cuando ya tuvo el cuerpo comenzó a darle forma, era una especie de esfera, decidió hacerla girar para que la luz y el calor se repartieran periódicamente por todas partes, también envió desde su interior energía hacia el exterior de la esfera, fracturándola, creando así montañas y valles, entre los restos y partículas que había recogido habían metales y gases, estos al combinarse crearon reacciones que producían otros gases y así iba enriqueciendo su cuerpo.
Llegado un momento se dijo:
—Es hora de darle vida a mi cuerpo.
Entonces creo el agua, luego las plantas y los árboles, luego los animales, creo un proceso para que el agua cayera del cielo y regara su cuerpo, así nacieron ríos y lagos, creo animales específicos para estos lugares y para otros, cada uno de ellos adaptado al medio donde iban a habitar, y con la capacidad de reproducirse, en fin creo un mundo, un mundo equilibrado en el que unos se necesitaban a otros para poder vivir, un mundo lleno de vida, realmente lleno de vidas que la llenaban de gozo al sentirlas sobre su cuerpo.
Gaia se sentía feliz.
Poco a poco uno de los animales que había creado destaco sobre los demás, no era el más grande, tampoco era el más pequeño, no era rápido ni lento, su peculiaridad era ser inteligente, aprendía rápido, pronto fue capaz de cazar animales más grandes que él, empezó a usar utensilios para ayudarse en la caza y en la vida cotidiana, aprendió a cultivar las plantas donde el quería, a capturar a otros animales y criarlos en cautividad, la verdad es que aprendía muy rápido, tal vez incluso demasiado rápido.
A Gaia le caía bien este animal que había creado.
El animal siguió evolucionando, creando comunidades, que fueron creciendo y creciendo, pronto empezó a cambiar el curso de los ríos, creo una religión en la que la adoraban a ella, a la madre naturaleza, la que le daba todo lo necesario para poder vivir.
Gaia se sentía orgullosa de este animal, porque la respetaba y la adoraba.
Pero el animal siguió aumentando en número, creo grandes comunidades, inmensas, creo nuevas religiones, empezó a valorar lo material, a destruir más de lo que necesitaba para crear, empezó a hacer guerras en las que luchaban hermanos contra hermanos, y morían, primero miles, después millones, destruyo bosques, extinguió animales y plantas, se volvió ególatra, se adoraba a si mismo y a sus creaciones, olvido a Gaia.
Gaia se dio cuenta tarde, su vanidad, el amor por lo que había creado, le había impedido ver lo que estaba ocurriendo, pero pensó que no era tarde, para advertir al animal le envió terremotos, erupciones volcánicas, huracanes, maremotos, pero el animal no se quiso enterar, siguió a lo suyo, destruyendo para crear, agotando las reservas de materiales, contaminando el cuerpo de Gaia.
Pero Gaia se había vuelto a equivocar, y se enfadó consigo misma, se dijo:
—Lo he hecho mal, tanto trabajo para nada.
El animal siguió y siguió, destruyendo, contaminando, y lo que más le dolía a Gaia, olvidando sus orígenes.
Gaia eso no lo podía perdonar, decidió vengarse, en su enfado replegó su cuerpo sobre si misma y luego lo hizo estallar.

Fin

Espíritus indómitos. Capitulo 1.

amigos del trueno

El hombre observa tras unos matorrales, mientras su esposa a pocos pasos permanece escondida junto a su hijo recién nacido apenas hace tres días.
A unos cien metros de ellos, un carro, un armatoste grande y pesado, ha perdido una de sus ruedas, que se encuentra a pocos pasos tumbada, el eje del carro se ha clavado en el suelo, varios hombres se mueven a su alrededor intentando averiguar cómo reparar el carro y si ha habido más desperfectos.
Del interior del carro surgen regularmente los gritos de una mujer, en el exterior un hombre da órdenes para intentar solucionar el imprevisto surgido durante el viaje, junto a él, un niño de unos cinco años mira asustado y temeroso lo que está sucediendo.
Del carro sale una mujer y se dirige hacia el hombre que da las órdenes.
—Don Gonzalo, la señora Valentina se ha puesto de parto, pero es demasiado pronto, faltan aún dos meses, el bebe nacerá antes de tiempo.
El hombre la mira muy serio y preocupado y asiente con la cabeza.
—¿Ha sufrido algún daño con el accidente?
—No señor, solo un golpe, pero ello unido al traqueteo del viaje han precipitado el parto, y la señora se encuentra muy débil.
—Haz todo lo que puedas por ella Tomasa, ya he enviado un hombre en busca de ayuda a la Misión más próxima.
—Así lo hare señor, pero necesitare ayuda.
Los gritos arrecian en el interior del carro y Tomasa sale corriendo hacia él.
Se trata de Don Gonzalo Fernández natural de Toledo, hidalgo español, que se ha enriquecido con la cría de caballos para los ejércitos de su majestad el Rey Fernando VI, y de su esposa Doña Valentina Calatayud natural de Valencia, embarazada de siete meses, los acompaña su hijo de cinco años Hernán Fernández, tras dejar España con todos sus bienes se dirigen a tomar posesión del nuevo rancho que han construido para la cría de caballos en la provincia de Nueva Vizcaya, en el Virreinato de Nueva España.
El hombre que observa la escena y su esposa son indios, pero son de culturas diferentes, él es apache, de una tribu guerrera menor de los Chiricauas de la que es el único superviviente en libertad, su nombre es Sawa, su esposa y madre de su hijo, es de origen Tolteca, y se llama Izel, a su hijo lo han llamado Yaotl, van huyendo de la presión y los ataques de los Comanches, que atacan y masacran a los apaches para apropiarse de sus territorios de caza.
Sawa mira interrogativamente a Izel, que se acerca a él arrastrándose, cuando llega a su altura le susurra:
—En el carro hay una mujer que está pariendo y tienen problemas.
—¿Cómo lo sabes?
—Hablo su lengua mejor que tú, los he escuchado, además nuestro hijo nació hace tres días y he visto nacer muchos bebes, esos gritos son inconfundibles.
Sawa la mira a los ojos, esos ojos oscuros y profundos que le hacen amarla como nunca ha amado a nadie, y asiente, se vuelve a girar para mirar de nuevo hacia los españoles, esta tan concentrado que no se da cuenta de que Izel deja a Yaotl junto a él se levanta y se dirige hacia los españoles con las manos extendidas hacia delante mostrando sus palmas vacías.
Junto al carro los hombres al percatarse de la presencia de la mujer cogen rápidamente los mosquetes a la vez que dan voces de aviso.
—¡¡Cuidado una india!! ¡¡Quieta o disparamos!! —gritan a la vez que le apuntan.
Don Gonzalo que también ha sacado una pistola con la mano derecha a la vez que con la izquierda empuja a Hernán para situarlo tras él, dice:
—¡¡Quietos no disparéis!! Va desarmada.
Se acerca un par de pasos hacia la mujer sin dejar de apuntarle y le pregunta.
—¿Quién eres? ¿Qué haces aquí?
Izel que se ha detenido y sigue mostrando sus manos vacías contesta:
—Mi nombre es Izel soy una Tolteca y viajo con mi esposo y mi hijo huyendo de los comanches.
Don Gonzalo asiente y pregunta:
—¿Dónde están tu esposo y tu hijo?
—Escondidos Señor, yo he salido porque he escuchado que vuestra esposa esta de parto y necesita ayuda.
Don Gonzalo la mira fijamente a los ojos, unos ojos que le transmiten tranquilidad, confianza y sinceridad, unos ojos que lo miran a él fijamente y sin miedo.
—Diles que salgan.
Ella girándose llama:
—¡¡Sawa!! Ven no temas.
Sawa está atónito, no se puede creer que su esposa se haya plantado delante de esos españoles así, dejando a su hijo junto él.
Se levanta a la vez que recoge a su hijo y se dirige hacia su esposa.
Los hombres de Don Gonzalo al verlo han vuelto a levantar los mosquetes, pero este con un gesto hace que los bajen.
Don Gonzalo no sabe qué hacer, Hernán asoma la cabeza tras su padre mirando a los recién llegados. Izel ve al niño que asoma tras su padre y le sonríe, Hernán a su vez le devuelve la sonrisa, es este gesto final el que hace que se decida.
—Mi nombre es Don Gonzalo Fernández…
Izel lo interrumpe con un gesto y de palabra.
—Eso no importa ahora señor, ahora importa vuestra esposa —dice a la vez que se dirige con paso apresurado hacia el carro.
En el carro los gritos han perdido intensidad y fuerza, la cabeza de Tomasa asoma por la ventana de la puerta del carro, la abre e Izel entra y la cierra tras de sí.
Todos los hombres están mirando a Sawa que sostiene en uno de sus brazos el pequeño bulto que es su hijo Yaotl. Sawa se mantiene erguido, nervioso, pero orgulloso, su esposa ha actuado como una autentica mujer.
Del carro ya no surgen gritos, solo se escuchan algunos cuchicheos y algún que otro leve gemido.
Después de una espera que se ha hecho interminable se abre la puerta del carro y sale Tomasa con cara seria y compungida, todos se giran hacia ella.
—Don Gonzalo sois padre de un niño, pero Doña Valentina ha perdido mucha sangre, demasiada, debéis ir a verla.
Don Gonzalo empuja a Hernán suavemente hacia Tomasa y se dirige con paso apresurado hacia el carro, cuando llega sale de su interior Izel con un pequeño bulto en sus brazos.
—Este es vuestro hijo —le dice mostrándole el pequeño bulto— pero entrad no hay mucho tiempo y vuestra esposa os reclama.
El entra en el carro, tras la claridad exterior apenas distingue nada, cierra los ojos y los abre lentamente, entonces aprecia un leve movimiento en el asiento del carro, oye una voz muy débil, casi un susurro apenas audible.
—Lo siento Gonzalo, es un niño, pero yo no podre criarlo, mi vida se apaga, estoy muy cansada.
—Ssshshsh… No hables Valentina, descansa, y no digas tonterías, veras como te recuperas pronto y podemos criar a nuestros hijos en el rancho.
—No Gonzalo, estoy muy débil, no tengo fuerzas, acércate apenas te veo.
Él se acerca hasta que puede verle los ojos, esta tan cerca que siente su débil respiración, se da cuenta que realmente la está perdiendo, y las lágrimas pugnan por salir de sus ojos.
Ella consigue enfocar sus ojos en los de él y le regala una débil sonrisa.
—Cógeme la mano y abrázame Gonzalo.
Él le coge la mano y hunde la cabeza sobre su hombro, entre sus cabellos, aspirando su aroma.
Ella gira levemente su cabeza hacia la de él y le susurra.
—Cuídalos, conviértelos en dos buenos hombres como tú.
El asiente, no puede hablar, sus ojos derraman las lágrimas que pugnaban por salir sobre los cabellos de su esposa, mojándolos y aumentando su aroma que él aspira ávidamente.
Otro susurro.
—No me olvides, te quiero.
Por un momento la presión de la mano se hace más fuerte, pero enseguida queda flácida.
—¡¡¡¡Noooooo!!!! —es el grito desgarrador que surge del interior del carro.
Todos han escuchado el grito, saben así que Doña Valentina Calatayud ha muerto, todos han enmudecido, no hay susurros, ni llantos, no, aun no, solo se escucha el silencio.
—Te lo prometo Valentina, te prometo que hare de ellos dos hombres de bien.
Don Gonzalo sale del carro cabizbajo, hundidos sus hombros, arrastrando los pies, anegado en lágrimas su rostro, muerto de pena. Los que lo vieron salir del carro tiempo después dirán que parecía un alma en pena.
El silencio es roto por un sonido parecido al maullido de un gato, todos miran a Izel, pero es el recién nacido que en sus brazos protesta, quiere vivir.
Izel se acerca a Don Gonzalo y a la vez que se lo muestra, se lo entrega.
—Cogedlo es vuestro hijo.
Don Gonzalo lo coge y mira esa pequeña carita aun sucia de sangre y restos del parto, por un segundo los pequeños ojos se abren a la vez que en la pequeña boca se insinúa una sonrisa.
Don Gonzalo esboza una triste sonrisa mirándolo.
—¿Qué voy a hacer contigo? Ni siquiera puedo alimentarte, no voy a poder cumplir la promesa que le he hecho a tu madre.
Izel mira a su esposo a los ojos, él la mira y asiente.
¿Qué poder tiene mi esposa, se pregunta Sawa, que con una simple mirada hace que nos entendamos?
—Don Gonzalo, si me lo permitís, yo os ayudare a cumplir vuestra promesa —dice Izel.
—¿Cómo? ¿Qué? ¿Ayudarme a cumplir mi promesa? —pregunta Don Gonzalo aturdido por el ofrecimiento.
—Sí Señor, hace tres días tuve a mi hijo, y creo que podre amamantar a los dos.
—¿Harías eso por mí?
—Por vos solo no, lo hago también por vuestra esposa, pero lo hago sobre todo por el niño.
Don Gonzalo mira interrogativamente a Sawa y este asiente.
—Necesita un nombre, un nombre de un hombre fuerte, de un hombre valiente, de un buen hombre, que le ayude a luchar por su vida —dice Izel.
Don Gonzalo la mira a los ojos pensativo y asiente varias veces, ha recordado un nombre de cuando su padre lo obligo a aprender a leer y escribir, ha recordado el Cantar de Mio Cid.
—Rodrigo, se llama Rodrigo —dice a la vez que se lo entrega a Izel.
Esta lo coge y se acerca a Tomasa y le susurra unas palabras.
—Sera mejor que adecentes los restos de tu Señora.
Mientras Tomasa se dirige al interior del carro, Izel arropa a Rodrigo a la vez que le reclama a Sawa al pequeño Yaotl, cuando los junta a los dos en sus brazos siente como una descarga de fuerza.
El pequeño Yaotl al sentir algo junto a él extiende su pequeño brazo sobre el de Rodrigo.
En ese mismo instante suena un fuerte trueno en el cielo.
Sawa que estaba observando a los dos niños abre desmesuradamente los ojos y se escuchan sus primeras palabras.
—¡Hijos del Trueno!

 

Fin del capitulo 1, continuara…

El pequeño Leopoldo

El pequeño Leopoldo

La clase contaba con pocos alumnos, estos eran de diferentes edades y poblaciones, era una escuela rural en una zona poco poblada y empobrecida de las montañas del interior.
Los niños se tenían que desplazar desde sus poblaciones para poder asistir a clase, unos iban en destartaladas bicicletas, otros andando, unos llegaban en grupos, otros en pareja, pero había un alumno que siempre llegaba solo.
Se trataba de Leopoldo, aunque todos lo llamaban Leo, bueno todos no, sus abuelos lo llamaban Poldo.
Él sabía que los que los que lo conocían le llamaban Leo y los que lo querían lo llamaban Poldo.
Nosotros de momento lo llamaremos Leo.
Leo es el más pequeño de la clase por lo que suelen meterse con él, e incluso burlarse en otras ocasiones, pero esto a él no le preocupa, él es feliz.
La profesora había pedido a sus alumnos, como deber para casa, que hicieran una redacción sobre lo que más les gustaba para luego leerla en clase ante todos los compañeros.
Leo había llegado ese día el primero a clase, todo ilusionado con su redacción.
La clase había comenzado y sus compañeros habían ido leyendo sus redacciones, Leo las escuchaba atentamente, cada vez que terminaba un compañero se quedaba ensimismado imaginando como era la vida de ese compañero, y así hasta que comenzaba a escuchar a otro comenzar a leer su redacción.
Tan ensimismado estaba que no escucho a lo profesora cuando lo llamo para que leyera su redacción.
—¡¡Leopoldo!! Es tu turno.
Leo un poco sobresaltado se puso de pie, cogió su redacción y se dirigió hacia la mesa de la profesora.
La profesora le sonrió y con un gesto le animo a comenzar a leer.
Él miro a la profesora, le devolvió la sonrisa y se giró hacia a sus compañeros, enseguida bajo su mirada y la fijo en su redacción, respiro profundamente y comenzó a leer.
—Me gustan muchas cosas, los dulces, los pasteles, las pastas y comidas que hace mi abuela, me gusta vivir con mis abuelos, pues mis padres murieron cuando yo era pequeño, me gustaría que vivieran, pero mi abuela dice que ahora viven en el cielo, me gusta vivir en el pueblo y hablar con la gente mayor, sobre todo escucharles contar cosas, saben cuentos e historias increíbles, además me tratan como si fuera su nieto, y es que en el pueblo soy el único niño, es como si todo el pueblo fueran mis abuelos, me gusta estudiar, leer y escribir, cuando vengo caminando al colegio, me imagino cuentos y cosas para que el camino se me haga más corto —aquí comenzaron a cuchichear y sonreírse sus compañeros, pero Leo siguió leyendo— por las noches me gusta ver las estrellas y la luna desde la ventana de mi habitación y ver llover —más cuchicheos y sonrisas— me gustan los animales, las flores y los árboles, ver el agua correr por el rio hacia el mar, las nubes volando por el cielo, pero lo que más me gusta es montar en mi caballo y que me lleve a sitios que no conozco, a ciudades, a monumentos… —aquí las risas se convirtieron en carcajadas y burlas.
—¡¡Que iluso!! Tú nunca has tenido un caballo, y solo has salido de tu pueblo para venir al colegio —le dijo Enrique, el gallito de la clase entre las carcajadas de los demás—, si ni siquiera tienes televisión.
—¡¡¡Cállate Enrique!!! Y vosotros también —dijo la profesora levantando la voz.
Todos callaron, Leo se sentía humillado.
—¡Yo nunca miento! Y no necesito televisión, con los libros me sobra.
Todos comenzaron a reírse y burlarse de nuevo, Leo soltó su redacción y salió corriendo de la clase, la profesora intento detenerlo, pero Leo era muy rápido y la esquivo, cuando llego a la puerta del colegio la profesora, solo pudo ver como Leo doblaba la curva del camino, corrió hasta allí llamándolo, pero al llegar a la curva no se veía a Leo por ningún lado.

Antonio llevaba años recorriendo el parque natural del que era guarda, estaba acostumbrado al calor del sur, ahora poco antes de su jubilación, recorría el parque a bordo de un todoterreno con aire acondicionado, aun recordaba sus primeros años de guarda, cuando hacia el recorrido a pie o a caballo, después de tantos años aún se maravillaba de los rincones y vistas que ofrecía el parque, de la variedad de aves que surcaban sus cielos, le gustaba regresar a la base por el camino próximo al mar, en el parque había visto de todo, cazadores furtivos, borrachos destrozando nidos, incluso en una ocasión capturo a un pirómano.
—¿Qué cojones pasa ahí? —dijo a la vez que detenía el todoterreno y bajaba de él.
Antonio se dirigió hacia la orilla del mar, allí un niño estaba jugando con un caballo en la misma orilla, parece que jugaban a salpicarse de agua uno al otro mientras corren sin sentido, unas veces el caballo perseguía al niño y otras es el niño quien perseguía al caballo, por momentos parecía un baile.
Antonio conforme se acercaba comenzó a sonreírse, las risas del niño llegaban hasta él mezcladas con los relinchos del caballo y el sonido de las olas al romper en la orilla, y lo llenaban de gozo.
—Este espectáculo sí que es una maravilla —se dijo para sí mismo.
—¡¡Heee!!! ¡¡Hola!! —grito para hacerse oír por encima del sonido de las olas, las risas y los relinchos.
El niño y el caballo al escucharlo se detuvieron y se quedaron mirándolo, el niño tenía los mofletes rojos y su respiración continuaba agitada, en su boca aún se dibujaba una sonrisa y sus ojos brillaban de excitación.
—Hola soy Antonio, guarda del parque, ¿Quién eres y que haces aquí?
—¡Hola! soy Leo y estoy jugando con mi caballo —contesta con una gran sonrisa.
—Ya lo he visto, parecía que os divertíais mucho.
—Si estábamos jugando a salpicarnos.
—¿Cómo se llama tu caballo? —le pregunto Antonio admirando el magnífico ejemplar.
—¿Mi caballo? Se llama Imaginación.

Fin

¿Cómo lo vas a llamar Leo o Poldo?

Mi humilde homenaje a Ignacio Echeverría.

Tras desaparecer la bruma el joven se sintió perdido y aturdido, no sabía dónde estaba, eso no era Londres.

Empezó a recordar, un hombre atacaba a una mujer con un cuchillo, él sin pensarlo había corrido hacia el agresor y lo había golpeado con su monopatín, enseguida acudieron otros dos individuos con cuchillos y se enzarzaron con él, los golpeo varias veces y luego la oscuridad y la bruma.

Se preguntó:

-¿Estaré muerto? Si, debo estarlo, me habrán acuchillado.

Empezó a oír un tambor que lo termino de sacar del aturdimiento, al mirar vio a un crio de no más de diez años que avanzaba hacia él por el camino, golpeaba rítmicamente un tambor viejo y antiguo, al igual  que el crio, como sacados de otra época.

Al llegar a su altura, el crio dejo de tocar, aparto el tambor hacia un lado de su pequeño cuerpo y le hizo una media reverencia a la vez que le decía:

-¡Hola bienvenido! Me han enviado a buscarte.

-¿Quién te ha enviado? ¿Porque? ¿Dónde estoy?

El crio se ríe, y con una sonrisa pícara contesta:

-Me han enviado ellos, quieren conocerte, y estas en un lugar muy especial, sígueme Ignacio.

-¿Cómo sabes mi nombre?

-Aquí lo sabemos todo, pero ellos te lo explicaran mejor que yo.

-¿Adónde vamos?

-Pues a la fonda, ya te he dicho que me han enviado a buscarte.

Y acomodándose el tambor comenzó a caminar y a tocar de nuevo.

Ignacio poniéndose a su altura le pregunta:

-¿Cómo te llamas?

-Alonso Gutiérrez, para serviros a vos al Patria y al Rey, pero todos me llaman Alonsillo.

-¿Y porque tocas el tambor?

-Pues porque soy tamborilero en el Tercio de Spínola.

Y siguió caminando y tocando rítmicamente.

Al poco, comenzaron a vislumbrar un edificio hacia el que al parecer se dirigían.

Conforme se iban acercando, comenzaron a ver a las personas que habían fuera del edificio, las cuales empezaron a señalarlos y a introducirse en el interior del edificio.

A pocos pasos Alonsillo se detuvo y dejo de tocar el tambor.

Ignacio se quedó mirando el edificio, era antiguo, muy antiguo, pero estaba muy bien conservado, lo habían cuidado con mucho esmero, sobre la entrada, había una vieja y gruesa plancha de madera, grabado a fuego sobre ella estaba escrito “Fonda El Buen Vasallo”.

-Es aquí, entra te están esperando.

Le dijo Alonsillo introduciéndose rápidamente por la puerta.

Ignacio se quedó parado, escuchando el murmullo de voces que salían del interior y observando la puerta por la que se había introducido Alonsillo. No sentía temor, solo curiosidad, decidido entro en el local, inmediatamente cesaron los murmullos, todos se pusieron en pie, mirándolo, solo se oía el silencio, nadie decía nada, todos le sonreían.

Aquello parecía una fiesta de disfraces, había de todo, gentes con simples túnicas, gentes de paisano, otros con cotas de malla, otros de marinos, pero sobre todo predominaban los uniformes militares antiguos.

Ignacio los miraba sin saber qué hacer, sujetaba fuertemente su monopatín con una mano.

Entonces la gente allí reunida empezó a moverse dejando paso a un hombre, o medio hombre, pues llevaba una pata de palo, un parche en un ojo y tenía un brazo inutilizado.

Este se acercó a Ignacio sonriéndole y haciéndole una inclinación de cabeza le dijo:

-¡Bienvenido a la fonda “El Buen Vasallo”! Mi nombre es Blas de Lezo y Olavarrieta, ven acércate, todos quieren conocerte.

Y todos fueron acercándose, le decían su nombre, le hacían una inclinación de cabeza y le daban la bienvenida.

-Soy Don Pelayo, sed bienvenido.

-Mi nombre es Rodrigo Díaz de Vivar, sed bienvenido Ignacio.

-Mi gracia es Gonzalo Fernández de Córdoba, sed bienvenido a estos lares.

-Yo soy Cosme Damián Churruca, sed bienvenido a este nuestro hogar.

-Álvaro de Bazán, para serviros, sed bienvenido.

-Mi nombre es Luis Daoiz, sed bienvenido joven.

-Pedro Velarde, sed bienvenido.

-Mi nombre es Bernardo de Gálvez, curiosa arma usáis joven, pero sois bienvenido, me recordáis otros tiempos.

-Soy Juan Martin Diez, me llamaban “El Empecinado”, sed bienvenido joven.

-Mi nombre es Federico Gravina, es un honor conoceros, sed bienvenido.

-Yo soy Antonio Barceló, sed bienvenido.

-….

Y así cientos, tal vez miles, todos héroes españoles, todos saludando y dando la bienvenida a Ignacio Echeverría.

A Ignacio de vez en cuando se le escapaba alguna lágrima al reconocer a estos personajes, pero no le preocupaba, tenía toda la eternidad para estar con ellos y conocerlos.

Fin.